domingo, 18 de julio de 2010

Huérfanos

Los mundiales también sirven para poner en evidencia algunas ausencias. Ausencias de tipos pesados, irremplazables. Sudáfrica 2010 se nos fue de las manos sin los aportes del Negro Fontanarrosa.
Un 19 de julio de hace 3 años murió en Rosario –la misma ciudad en la que nació, vivió y se hizo genio– Roberto Fontanarrosa. Tenía 62 años. Fue un brillante humorista, dibujante, escritor. Pero estas líneas lo recuerdan en otra dimensión, tanto o más importante que esas: la del hincha de fútbol que escribía como jugaba y que jugaba como vivía.

Ya habrán leído las mil y un necrológicas del Negro Fontanarrosa. Agradecidas, ingratas, sensibles o sensibleras, detallistas, doloridas.

Ya habrán consumido los títulos insistentes remitiendo a su “qué lo parió”, en los mismos medios tradicionales que se cuidaron –pacatos que son– de no acordarse demasiado de su “puto el que lee esto”; ya habrán escuchado sus anécdotas más conocidas, sus vivencias, sus citas memorables.
Ya habrán asistido a esas reflexiones que aparecen en estos casos: las que advierten que se muere la gente que vale la pena, habiendo tanto hijo de puta vivito y coleando. Una evidencia más de que -diría Fontanarrosa- el mundo ha vivido equivocado.
No hace falta, entonces, insistir en su genialidad como humorista; en su prodigiosa escritura aunque moleste a las academias; en su particular relación con las “malas palabras”; en sus dotes como dibujante; en su creatividad descomunal para parir a Boggie el aceitoso o a Inodoro Pereyra el renegáu.
Tampoco vale redundar respecto de su bondad; de sus pasadas por la mesa de los galanes del bar El Cairo; de su identificación con Rosario; ni de su reivindicación absoluta y permanente de la amistad.

Pero hay una dimensión en la que al Negro Fontanarrosa lo extrañamos más infinitamente aún: los futboleros nos quedamos huérfanos.
Huérfanos de sus estocadas brillantes, de sus conceptos, de su humor, de su análisis del juego por encima de todo lo demás.

FÚTBOL SAGRADO
Los futboleros lo extrañamos mucho más que los que se habituaron a leer sus chistes cada día. Tal vez porque el de los futboleros es el terreno en el que más importan las pasiones, mucho más que en la literatura, mucho más que en los diarios.
Y porque el Negro Fontanarrosa era, antes que un escritor, antes que un dibujante, antes que un humorista, un futbolero. Y un hincha de fútbol.
El Negro lo sabía, y por eso lo sabemos: el fútbol es sagrado. Y sabía, como sabemos, que cada clásico nos envejece 5 años. Y sabía que al final el fútbol es nada más –nada menos– que una excusa para otras cosas: para juntarnos, para llorar, para alegrarnos, para cabrearnos, para pensar, para charlar, para aprender, para enseñar, para discutir, para querernos, para ablandarnos y para endurecernos sin perder la ternura jamás. Y – por supuesto– para cagarnos de risa. En algún lugar el Negro Fontanarrosa era un amigo. Y cuando los amigos dejan ese espacio vacío, se pianta un lagrimón.

PASIONES Y TRISTEZAS
En el ’97 habíamos sufrido un golpe mortal: Osvaldo Soriano se quedó callado. Y nos quedamos sin sus palabras para que nos aliviaran de las derrotas que vinieron, y que siguen viniendo.
La ausencia de la pluma del Gordo, su sencillez cariñosa, se habrá sentido en todos lados. Pero nadie padeció tanto su retiro como los futboleros. Perdimos el norte y nos quedamos sin su maravillosa dulzura, su visión mágica y a la vez tan terrenal. No fueron lo mismo, desde entonces, los mundiales.
Será nomás una casualidad: Soriano empezó a faltarnos desde el mismo Mundial en que nos falta Maradona.
Pero nos quedó, a los futboleros, el Negro Fontanarrosa. Luminoso y resplandeciente, en el medio de las estadísticas y el marketing. Visceral, profundo, espontáneo. Y futbolero del alma. Entendedor del juego –que tanto importa– y del fenómeno que lo rodea.
Traductor de pasiones, impresionante contador de anécdotas, memorioso de equipos que merecían de su memoria, inventor de esas hermosas frases inolvidables. Y siempre con humor, como corresponde. Porque hay que cagarse de risa. ¿Cómo se bancaría Fontanarrosa, sino, que Maradona haya jugado para Ñuls?
Los cuentos de fútbol que hace un futbolero se devoran, como pasaba con los del Negro. Sus columnas más coyunturales son, sin embargo, dignas de trascender los tiempos, como ocurrió con su creación de La Hermana Rosa. Y aquel libro sobre los grandes equipos de la historia (“No te vayas, campeón”) es un manual que ningún futbolero puede dejar de leer.

DE FÚTBOL SOMOS
“El Área 18”, finalmente, es una obra maestra de la literatura futbolera mundial. El libro es viejísimo, pero lo leí hace un par de años. Me gustó más, todavía, porque me lo prestó un amigo. Que es rosarino y es canalla. Parece un pavada, pero a veces uno percibe la sensación de que en el libro hay un espíritu que lo engrandece, un aura ennoblecedora.
Al mismo tiempo, no sé si me pasa sólo a mí, pero hay personajes –como el propio Fontanarrosa, o el Negro Olmedo, o todos esos músicos geniales–, y lugares, y colores, y leyendas, y costumbres, que nos dan ganas de ser un poco rosarinos.
A lo mejor por eso lo devoré con más ganas, pero no hay dudas: “El Área 18” debe ser leído en las escuelas.
La novela transcurre en un país en el que sólo importa el fútbol. Sus conquistas son en base a partidos de fútbol, y sus calles, y sus tristezas y sus grandes momentos y sus miserias y sus héroes. Todo está vinculado con el fútbol. Se arma una selección, integrada a su vez por personajes que llegan de distintos países, cada uno con su miseria y su grandeza futbolera. Y entonces, en esa novela que sin saberlo es una denuncia de la mentira de la globalización (el Negro Fontanarrosa nunca permitiría que se diga esto), el argentino gambetea y es egoísta, el brasileño es el mejor pero se caga, el alemán siempre es puntual y disciplinado...
Así en la vida como en el fútbol.
Uno, que se siente un peliagudo defensor de esa máxima que nos enseña que se juega como se vive, escuchando y leyendo al Negro Fontanarrosa, a veces queda convencido de que –en realidad– se vive como se juega. En ese orden.
Fontanarrosa: hasta la victoria, a veces.

Elogio de la simpleza

Un apuntecito que quedó colgado por ahí, escrito en julio de 2007...

Tuve un pensamiento mezquino y miserable cuando Fontarrosa murió. Tengo la sospecha de que él lo hubiera perdonado. Pensé –y lo dije– que era una lástima que el domingo anterior Brasil hubiera goleado a Argentina: al Negro le hubiera gustado mucho que la Selección –esa Selección, además– completara esa Copa América pasando por encima a los brasileros.


Después supe que el martes antes de su muerte envió un mail a sus amigos: “camaradas, juntémonos en casa a hablar mal de Dunga”, les propuso.


Fontanarrosa ha dicho una cosa genial. Una de las tantas frases que parecen acerca de las profundidades de la vida pero que –sabemos los futboleros– no son más que verdades sobre el más maravilloso juego: “La simpleza es un punto de llegada, no de partida”.


En todo, pero más que nada en el fútbol, la sencillez vale oro. Será simple sólo aquel que haya aprendido lo suficiente.

 
Por eso Fontanarrosa y Soriano jugaban tan bien, como Bochini o Riquelme. Ahora no tenemos a ninguno de los dos. Los futboleros quedamos huérfanos. Porque no hay ninguno que se les parezca.

 
Ni Alejandro Dolina podrá ayudarnos, con su mirada futbolera, sí, pero como llegada desde otro lado.

 
No habrá ninguno igual, no habrá ninguno. Los futboleros estamos solos.


¿Qué estará pasando que no parecen venir otros Sorianos, otros Fontanarrosas? ¿Será lo mismo, acaso, que nos pasa con la ausencia de Maradonas?


Nos falta el Diego y sólo contamos derrotas en el fútbol. Las damos vuelta, tratamos de aliviarlas, las analizamos. Pero perdemos...

 
Ahora –como siempre pasa– parece que una generación puede dar vuelta las cosas. Sería un dolor que cuando llegue el próximo Mundial, en las incomodidades de Sudáfrica, quede patentizado que Messi, Tévez, Agüero, Mascherano y compañía no son lo que creemos que son.

 
Pero ahora hay otro posible dolor, ambiguo y más grande. Sería terrible que esos locos bajitos salgan campeones del Mundo y nos demos cuenta, en ese mismo instante, que ya no tememos Sorianos ni Fontanarrosas para que nos lo cuenten.

domingo, 11 de julio de 2010

Paciencia es sabiduría


Tal vez esa vieja frase que enseña -o pretende enseñar- que las finales no se juegan, sino que se ganan, metió la cola en el España 1 - Holanda 0 que cerró el Mundial de Sudáfrica 2010.

Para confirmar que había sido el mejor de todos, España se tuvo que tomar su tiempo: no alcanzó a confirmarlo en la red durante el reglamentario y tuvo que aguardar a que en el suplementario se le abriera el arco.

En el medio, el mejor equipo del mundo tuvo que luchar contra unas cuantas cosas: la rigidez de los holandeses que salieron más dispuestos al hacha y tiza que a jugar de igual a igual, las contradicciones de un árbitro muy severo para mostrar las amarillas pero demasiado retardado para determinar expulsiones, la falta de profundidad que sigue siendo una de las defectuosas características de su juego y la precisión-velocidad de la dupla Schneijder-Robben, que a punto estuvo en un par de contraataques de llevarse a su casa lo que era de la Roja.

En medio de ese panorama, que no le permitió a España desarrollar el juego maestro que había exhibido en la semi ante Alemania, hubo sin embargo espacio para una enseñanza: la paciencia es sabiduría.

España esperó hasta que el partido recompusiera sus peores partes, aguardó sin renunciar a su estilo ni a su idea que se lustraran los pies de los que más saben, tocó para el costado y para atrás hasta que hubiera lugar para el pase punzante. Y le salió.

A veces no sale, es así: los resultados muchas veces contradicen todo un proceso.

Esta vez no: España dominó claramente en el segundo tiempo, cuando Xavi empezó a encontrar la pelota y los lugares. Pudo padecer en su propio arco, pero estuvo a punto varias veces de marcar ese gol que tanto se hacía rogar. Cuando encontró su mejor versión, el toque justo y la pelota en su poder, España hasta hizo ver fatiga física en su rival.

Habrá tiempo de otros análisis, de distintas miradas y conclusiones, pero el gran mérito español en esta tarde final fue ese: esperar el momento oportuno, aguardar el instante indicado para el gol, como si en los integrantes de ese colectivo anidara la certeza de que perseverando en la idea, iba a llegar.

De alguna manera, ese desenlace es a su vez metáfora del torneo entero, que España arrancó con una derrota que los fracasistas anunciaron como el peor de los augurios, la retirada en primera ronda. Ese 0-1 contra Suiza fue fruto de una casualidad, porque ya entonces España fue mejor y debió haber ganado (pero los resultados, a veces, son así de desgraciados).

Frente a ese obstáculo, la ganancia fue no caer en la duda y apostar las fichas a la misma idea y las mismas formas. Acertó España. Y se convirtió -fruto de su paciencia, que es sabiduría- en el primer equipo que, perdiendo su partido del debut, sale campeón del mundo.

viernes, 9 de julio de 2010

Reivindicación de los "destructores"

Entre las cosas que llaman la atención de la lista de "los mejores jugadores" del Mundial que acomodó la FIFA, se incluyen algunas ausencias. Y sobre todo, las de aquellos jugadores que a veces no tienen tan en primer plano la hermosa misión de ir para adelante, hacer goles o meter pases deliciosos. Pero el fútbol se compone también de otra parte: esa a la que llaman destrucción.

Que no es sólo destrucción, desde ya, pero también.


La FIFA, en afán de sobreactuar su supuesto amor por lo que esos mismos dinosaurios llaman -sin saber- buen fútbol y por las tendencias ofensivas, en lugar de hacer descansar más a los jugadores, elige estas giladas: en la lista de "los mejores" pone sólo delanteros o volantes ofensivos.
 
Para la FIFA, los defensores no existen, aún en un Mundial que todavía puede ser el de menor promedio de gol de la historia (se supone que, Jabulani mediante, algo bien habrán hecho los defensores para que haya tan pocos goles, a no ser que creamos que los delanteros son malos… Y si son malos… ¿cómo es que hay tantos en la lista de los "mejores"?).

 
¿No había lugar en esa lista de 10 para ninguno de la dupla de zagueros centrales españoles, Piqué y/o Puyol? ¿No pensarán sus compañeros -y sus rivales- que fueron de lo mejorcito del Mundial, y que por eso España, aún yendo al ataque todo el tiempo, tiene sólo 2 goles en contra?

 
La tarea del defensor está mal vista cuando el discurso del buen fútbol es pura hipocresía, o sentido común del peor, del que venden los ignorantes de este juego: el defensor es visto apenas como el que la tira afuera, el que corta o hace faltas. El que enrarece los partidos, el que impide el divertimento.


Que lo sepan: los buenos defensores, gracias a que son buenos defensores, son los que permiten que sus equipos sean ofensivos. Porque cuidan las espaldas con jerarquía y con sus virtudes permiten el acople de más jugadores en ataque. Los que tienen velocidad, panorama, inteligencia, son buenos defensores y buenos jugadores. Y a veces ni la tiran afuera ni hacen faltas.

 
Cuanto mejor sea un grupo de defensores, más ofensivo puede ser su equipo. 


En algún lado lo escribió -creo- el Negro Fontanarrosa, admirándose de la categoría de Roberto Perfumo para quedar luchando contra el mundo cuando el Racing del '66 iba perdiendo y mandaba al resto del equipo -pero el equipo entero- a comerse crudo al rival. Sólo defensores de calidad pueden permitir esa voracidad ofensiva reduciendo los riesgos de un terremoto en el propio arco.

Pero también hay otros defensores, de equipos no tan poderosos ni con tantos recursos, que tienen una misión igual de digna, con la misma grandeza.


Y mirando con estos ojos, ¿no merecían su lugarcito en esa lista, el uruguayo Lugano o el paraguayo Da Silva? ¿Cómo puede creer la FIFA, seriamente, que Messi jugó mejor que Lugano? El primer análisis es el elemental: uno hizo lo que tenía que hacer, el otro no (y ni hace falta aclarar cuál es cuál…).
 
Hubo otros defensores, desde ya, tal vez un poco más abajo. ¿Pero Maicon -por ejemplo y más allá del resultado de su Brasil- hizo un peor Mundial que Gyan? ¿El portugués Fabio Coentrao, el alemán Lahm, jugaron menos que Özil?


¡Y ni hablar de los mediocampistas! Hecha la excepción de Scweinsteiger, porque no ponerlo hubiera sido un escándalo -y algún alemán había que meter en la nómina- también se olvidaron de aquellos que a lo mejor no lucen tanto, ni aparecen en las fotos, o que no les toca hacer un gol, pero que son -y fueron en este Mundial- auténticos ju-ga-do-ra-zos.

 
El caso del holandés Van Bommel es tal vez el más visible: rueda de auxilio de su equipo, prolijo, corredor, preciso, tiene además un espíritu ofensivo comprobado, que es el que muchas veces arrastra a La Naranja a meter a los rivales en su propio campo.


Pero ya se sabe: para los delanteros y los volantes ofensivos no sólo los goles y las fotos, sino también los premios del establishment.

Los mejores... ¿los mejores?

Ya se sabe que si miramos el fútbol desde su dimensión lúdica no hay que darle demasiada importancia a las giladas de la FIFA, convertida en una institución que, en nombre del fútbol, se dedica más al negocio que a otra cosa.

Pero igual provoca un poco de qué se yo el hecho de que se difunda una lista de los supuestos 10 mejores jugadores del Mundial: los candidatos al Balón de Oro.


A lo mejor porque vienen con la manía de mufar a los elegidos, la FIFA esta vez armó una nómina que mantendrá en el misterio hasta jugada la final.


En 2006, antes de la definición, el elegido fue Zidane. El majestuoso francés fue gran noticia en esa final no sólo porque picó el penal de su equipo y lo convirtió, sino -sobre todo- porque se hizo expulsar tontamente y facilitó de ese modo la derrota de Francia en los penales.

 
En 2002, también antes de la final, el organismo decidió que el mejor del Mundial era el arquero alemán Olivier Kahn. A la hora de los bifes, Kahn falló: cometió un error garrafal que le permitió a Ronaldo -el verdadero mejor jugador del Mundial- abrir el partido y facilitar la vuelta olímpica de Brasil.


Y en el '98, el mufado fue el brasileño Ronaldo: lo eligieron el mejor de todos antes de que su equipo y él dieran vergüenza contra Francia, un partido que -cuenta el mito y algo más que el mito- Ronaldo sólo jugó por presiones de los sponsors, porque no estaba en condiciones de salud para hacerlo.

 
Pero volvamos al 2010. Hoy la FIFA hizo trascender su visión del mundo (del fútbol): enumeró los 10 mejores jugadores de este Mundial, según su ojo. Son todos delanteros o volantes ofensivos, detalle que merece una mirada aparte.


Empezamos por los que, al menos ante un análisis general, no suenan disparatados: los españoles David Villa, Xavi e Iniesta, fundamentales en el desempeño de su equipo finalista; el uruguayo Forlán, otro que tuvo un gran desempeño y se hizo sentir en la red; los holandeses Arjen Robben y Wesley Sneijder, que desequilibraron a favor de un equipo que llega invicto a la final; el alemán Bastian Scweinsteiger, volante que jugó estupendos partidos contra Inglaterra y Argentina.


Pero la FIFA peca de acomodaticia, y es evidente que en su afán por quedar bien con Dios y con el Diablo incluye a determinados nombres y hace sentir la ausencia de otros con más méritos.

 
La presencia es esa nómina del ghanés Asamoah Gyan parece una suerte de dádiva al mundo del fútbol africano: nadie diría que Gyan hizo un mal Mundial, aunque la historia lo recordará porque su penal fallido en el alargue privó a su continente de llegar a semifinales por primera vez en la historia. Más allá de eso, cumplió una aceptable actuación, pero de ningún modo puede creerse que jugó más y mejor que -por ejemplo- los alemanes Podolski o Müller, a quien seguramente la FIFA piensa compensar con el premio a la Revelación del Mundial. ¿Pero por qué una cosa quita la otra? ¿Por qué no puede un jugador ser Revelación y al mismo tiempo uno de los mejores?

 
Ante la carencia de estrellas en los cuartos de final (ni Rooney, ni Cristiano Ronaldo), la FIFA manoteó a un mediático marketinero de los que sí llegó: Lionel Messi, créase o no, también está en la lista de los 10 mejores del Mundial. Visto desde nuestra Argentina, hasta parece que se nos cagan de risa. Messi hizo un gran partido contra Nigeria, en el debut, y desde entonces jugó cada vez peor, hasta directamente desaparecer justamente en los dos partidos más importantes, contra México y Alemania. Y sin embargo, como si su nombre hubiera estado en esa lista de famosos incluso antes de comenzar el Mundial, es parte de la nómina de "los mejores". Con este solo ejemplo el asunto pierde toda credibilidad. Messi ni siquiera fue el mejor jugador argentino del Mundial. Se retiró sin hacer goles, que es su gran especialidad. Pudo haberlos hecho, es cierto; tuvo algo de mala suerte. Pero la FIFA -por ejemplo- deja fuera de esa lista al alemán Klose (que sí hizo los goles), quizá esperando compensarlo con el premio como goleador del torneo. Y también a Kaká, que aunque se fue tan tempranamente como Messi dejó una imagen mucho mejor y se reivindicó, aún con las huellas de una lesión, como uno de los mejores del mundo.


La presencia del alemán Mesut Özil se justificaba en los primeros partidos (sobre todo tras el encuentro contra Australia), pero también fue decayendo. Después de lucirse contra Inglaterra -sobre todo en los últimos minutos- contra Argentina fue uno de los pocos alemanes que no aparecieron en su dimensión. Contra España no existió. Y en cambio, no aparece -por ejemplo- el uruguayo Luis Suárez, quien fue fundamental para su equipo no sólo marcando goles vitales para la clasificación y el pasaje a cuartos de final, sino también metiendo esa mano de Dios contra Ghana. Tampoco aparece el japonés Honda, del que es más fácil olvidarse porque es japonés y perdió en octavos, pero así y todo dejó mejores recuerdos que unas cuantas estrellas. Y repasando esos nombres, uno tiene ganas de decir que hasta Robinhio, el holandés Kuyt o Carlitos Tévez merecían un espacio...


Pero ya se sabe lo que es la FIFA, así que tampoco es cosa de dramatizar demasiado, ¿no?

miércoles, 7 de julio de 2010

El triunfo de una idea

El fútbol –bien hecho– siempre es una idea. Una idea colectiva. Con más o menos discurso que la sustente, pero es una idea. Con más o menos argumentos, y más o menos recursos, pero es una idea. Si esa idea, además, ha logrado convencer a cada uno de los que integran un equipo; si esa idea se deja madurar por el tiempo; si esa idea tiene intérpretes acordes y se trabaja con insistencia y perseverancia, esa idea gana. Y se convierte, por ejemplo, en la idea que lleva a España a la final del Mundial por primera vez en su historia.


Una idea también puede perder, contra otra idea: el fútbol es tan maravilloso que depende de múltiples imponderables, incluyendo el azar, los árbitros, alguna cosa rara que podemos resumir como destino.


Pero está demasiado claro que los que tienen una idea –sobre todo si es colectiva, solidaria, inteligente– le llevan un campo de ventaja a quienes no confían tanto en una idea como en la mezcolanza de las capacidades individuales.


Hoy la otra idea, la de Alemania, tuvo sus chances: estando 0 a 0 desperdició una opción de gol clarísima. Frente a un equipo que se especializa y también hoy se caracterizó por tener la pelota, la derrota le llegó –paradoja futbolera– a raíz de un error en un córner: dejaron solo a Puyol, en una jugada que casi pareció una imitación (aunque desde el otro lado) del tanto que Heinze le hizo a Nigeria.


Pero mucho más allá de un resultado, o de lo que pudo haber pasado y no pasó, la idea triunfadora de España es también simpática: se trata de una idea ultraofensiva (aspecto que también caracterizó los mejores momentos de Alemania) pero acompañada claramente de un trabajo que se hace costumbre.


La idea es tener la pelota, administrarla, hacerla correr más que a los propios hombres (¿cuándo medirá el Índice Castrol la cantidad de kilómetros recorridos por la pelota?), llevarla de acá para allá, a veces para adelante sí, pero si no se puede avanzar también para el costado o para atrás. El que tiene la pelota, según esta idea colectiva –que es una visión del mundo futbolero– tiene el poder. España tuvo el poder casi todo el tiempo en el partido contra Alemania.


Para tener la pelota y ser amigo de ella, claro, hay que estar cerca. Eso requiere y estimula el toque: la cercanía de los compañeros, de las distintas líneas. Los defensores no pueden estar lejos de los delanteros, y deben estar atentos, nunca pasivos.


Tener la pelota requiere, antes que nada, precisión. Esa es la gran virtud que persigue esta idea, incluso a veces dejando de lado la velocidad (lo cual a veces se tergiversa en el defecto de la parsimonia y la pereza). Hasta que el partido se acomoda, la rapidez no importa tanto, sino la exactitud en el pase, el cuidado en el manejo. Cuidar la pelota es, también, evitar riesgos: si la tiene uno, no la tiene el rival, desde ya. Pero además, se requiere estar prevenido: no hay que hacer pases que, sin ser un potencial peligro para el rival, pueden convertirse en un accidente que comprometa la propia valla. En ese sentido, la idea tiene algo de conservador, como todas las ideas.


Lo progresista de la idea es que todos tienen que saber jugar: no hay picapiedras en un equipo que apuesta de semejante modo al cuidado de la pelota. Serán burlados, seguro, aquellos que menos condiciones tienen para manejar la pelota, pero no son picapiedras ni han dejado de manejar las capacidades técnicas elementales. Es requisito imprescindible para formar parte de esta idea.


Y si también es un aspecto conservador de esta idea tener recursos que pueden no sonar líricos ni románticos –en especial centrales fuertes, de presencia física, que nunca se dan por vencidos– lo revolucionario y central de esta idea es la tremenda apuesta a un colectivo.


Para esta idea, los mejores jugadores no son los que hacen más goles, ni los más veloces, ni los que gambetean más y mejor. Para esta idea, los mejores jugadores son los que entienden que se trata de un juego colectivo y así lo juegan: complementan virtudes propias y de los compañeros, disimulan defectos y errores, conocen secretos. Todos para unos y unos para todos.


El marketing se encandila con jugadores impresionantes, en el sentido literal del término. El negocio, los medios, a veces incluso los consumidores del fútbol-juego, ponen la lupa en el que tiene las condiciones físicas más impresionantes –una tremenda velocidad, por ejemplo–; en el que desarrolla acciones impresionantes, que ningún otro podría.


Pero los buenos jugadores, los grandes jugadores, muchas veces –quizá la mayoría de las veces– no son impresionantes. Porque en general hacen las cosas muy sencillas. Y ni físicamente llaman la atención. Xavi e Iniesta son hoy el gran ejemplo de esa raza: dos petisos que andan por ahí, casi como perdidos. No tienen nada espectacular. No suben el rating ni despiertan demasiadas ovaciones repentinas en los estadios. Pero juntos son dinamita. Y separados también.


Desarrollan los conceptos de su manual en esa zona donde los partidos se dominan, se definen y se inclinan: el querido mediocampo.


Xavi e Iniesta son dos jugadorazos, que metidos como líderes de esta idea, se hacen un pic-nic con el asunto, porque se nota que la disfrutan.


Han sido, en los últimos años, los encargados de concretar en el Barcelona una idea parecida. Han estado, claro, a la sombra de Messi y sus goles, su juventud, su velocidad, sus publicidades. Messi es un jugador impresionante. Iniesta y Xavi son dos jugadorazos que juegan a una idea. Y por eso mismo no les influye tanto la posición en la que juegan, o los compañeros que tienen: cuando se juega a una idea se aprenden conceptos esenciales, no se memorizan movimientos mecánicos.


Hoy, Xavi e Iniesta –con la estructura del Barcelona como columna vertebral– dieron una (otra) lección de fútbol, con los ojos del mundo depositados en ellos, pero más que nada en el equipo que conducen y en la idea que exponen.


La idea de España, además, es bastante parecida a la que podríamos implementar en la Argentina, ¿no?: el cuidado de la pelota, sin necesidad de tanques o despliegues y repliegues físicos tan a la alemana, con jugadores bastante parecidos a los que se crían típicamente en estas tierras. Pero esa es otra historia, otra discusión.


Antes que nada, eso sí, debiéramos mirar bien el asunto: hay que apostar a lo colectivo, es la primera enseñanza. A lo colectivo y a lo conceptual. Los mejores jugadores son los que mejor hacen jugar a un equipo, no los que más impresionan. Los mejores jugadores son los que más jugo les sacan a sus compañeros y más fragilidades les desnudan a los rivales.


A veces tener tantos jugadores impresionantes en un mismo equipo, tantos jugadores que demuestran su capacidad para el desequilibrio individual, también es un problema. Porque resulta que no se puede sacar a ninguno. Y en afán de tenerlos a todos, lo que no tenemos es un equipo, un colectivo. Una idea.


Hoy Vicente Del Bosque decidió incluso sacar a Villa de la cancha, sabiendo que es el artillero de su equipo y que de contraataque podía marcar algún otro tanto que le asegurara el título de goleador del Mundial.


Lo colectivo, ahí está el secreto. Y dale con el todos para unos y unos para todos

martes, 6 de julio de 2010

Lo bueno, lo malo, lo feo...

Un repaso individual no viene mal. Para saber qué hubo, qué hay, qué puede haber.
Hubo jugadores que claramente estuvieron a la altura de las circunstancias, otros que quedaron a mitad de camino, y algunos que directamente no cumplieron con las expectativas.
Eso también es importante a la hora del balance: las expectativas creadas (no es lo mismo lo que esperábamos de Messi que lo que esperábamos de Clemente Rodríguez, por citar un par de ejemplos).
Ni hace falta aclarar que el repaso que se hace es totalmente subjetivo, desde una mirada particular.

Carlos Tévez fue el mejor de todos. No es ninguna novedad: Tévez es todavía el mejor jugador argentino –el que nunca puede faltar–, si se toma en cuenta la imprescindible complementariedad entre aspectos técnicos, físicos, tácticos y anímicos. Sus raíces y sus características, además, le facilitan la adaptación a cualquier cosa: esquemas, rivales, circunstancias. Así como fue capaz de brillar en el fútbol argentino, en el brasileño o en el inglés; peleando por el descenso, por la Libertadores o por los Juegos Olímpicos, en este Mundial a Tévez lo hicieron jugar un poco de todo. Iba a ser suplente y el DT no pudo resistirse a ponerlo, porque es el mejor. Peleó, definió por sí mismo el único partido que ganamos frente a un rival más o menos serio, le agarró la mano a la Jabulani como ningún otro y jugó bien todos los partidos en que le tocó estar, aportando en el cuidado de la pelota, en la definición, en la presión y en la marca.


Juan Sebastián Verón fue, para mi subjetivo criterio, el otro gran destacado, aunque le tocó estar en cancha mucho menos tiempo. Sigo siendo subjetivo: a mi criterio Verón es, junto con Tévez y Riquelme, el mejor jugador argentino después de Maradona (Messi seguramente se sumará a ese grupo). Es el más inteligente que tenía este plantel y aunque escuché mucho el verso de que se equivocó en algunos pases, lo dejó en claro cuando el equipo jugó a su ritmo contra Nigeria y contra Grecia. Su reemplazo es de alguna manera incomprensible, aunque va de la mano con el concepto general del cuerpo técnico: la apuesta al desequilibrio individual. Verón es un jugadorazo para un equipo: es la Bruja y la brújula. Un equipo que le da un lugar importante a Verón apostará necesariamente al funcionamiento colectivo, porque es en ese rubro donde están sus grandes virtudes. Es a esta altura un experimentado. Se ha convertido en un auténtico sabio, capaz de detectar aspectos del juego que otros no ven, no quieren ver o ni se preocupan por buscar. Manejó la pelota parada muy bien, y su ausencia en ese aspecto se notó en los partidos en que no estuvo, cuando ese detalle también quedó en los pies de Messi. No se entiende si salió del equipo por cuestiones extrafutbolísticas como dicen algunos periodistas que parecen saber algo, o si fue otra riesgosa y errónea apuesta del cuerpo técnico para fomentar el liderazgo de Messi.


Javier Mascherano terminó el partido contra Alemania peleando casi en soledad, con la única ayuda de Tévez. El planteo del equipo lo perjudicó claramente, porque lo obligó a un esfuerzo descomunal. Lo hizo, y bien, en la mayoría de los partidos y momentos. Su nivel cayó sin Verón al lado. Durante los partidos en que estuvo cortó, interrumpió circuitos en la medida de sus posibilidades, recuperó con insistencia, acertó una buena proporción de los pases y volvió a dejar al descubierto que no es un volante del todo efectivo a la hora de proyectar jugadas en ataque o de pasar por sorpresa a la ofensiva. Ni lo intentó. Contra Alemania, logró controlar a Ozil más que lo que pudieron otros rivales. Es claramente uno de los que cumplió, mantuvo su regularidad y no se borró. Su Mundial pudo ser mejor, pero individualmente alcanzó los objetivos.


Nicolás Burdisso fue otro de los que claramente estuvo a la altura de las circunstancias. Parecía destinado a estar en el banco todo el tiempo, o en todo caso a ponerse ropas de lateral derecho. Pero le tocó reemplazar a Samuel y se la re-bancó. Fue por lejos el mejor defensor argentino, como parte de una defensa que no se caracterizó por su seguridad. Aunque en algún gol de Alemania dejó dudas (¿no pudo estar más cerca de Klose en el cuarto, por ejemplo?), eso no empaña la actuación general, que estuvo por encima de lo aceptable, no sólo en el aspecto defensivo, sino también tomando en cuenta que intervino en la jugada del segundo gol contra Corea del Sur y que no bartoleó ninguna pelota desde el fondo; al contrario, la jugó casi siempre con criterio.


Gonzalo Higuaín tenía que hacer goles. Y goles hizo. Cumplió, con lo justo. Porque de esos 4 goles que marcó 3 fueron contra la débil Corea del Sur. Igual había que hacerlos, y estuvo ahí. Ese partido lo podemos contar como suyo. Contra México aprovechó la única ocasión que se le presentó, y que buscó por sí mismo, forzando o aprovechando el error de un defensor. Por momentos formó parte del circuito de jugo y lo hizo correctamente. De todos modos pudo dar más, quedó esa sensación. Contra Nigeria falló en varias ocasiones (se ganó el reto del Diego: “no podemos perdonar”) y contra Alemania tuvo un par de llegadas al área desacomodado, en que no eligió del mejor modo y remató débil. En resumen: no tuvo el Mundial soñado, eso seguro, pero fue aceptable.


Sergio Romero es otro que cumplió. Es muy joven para ser aquero en un Mundial, y en medio de una defensa que no otorgó garantías se las rebuscó para dar seguridad casi siempre. La gran mancha es el primer gol alemán: esperó la pelota abajo del arco, en el medio, como un principante. Eso no se hace. Mucho menos teniendo las condiciones que tiene –y que demostró en el resto de los partidos– para jugársela a cortar en los centros. Fue un acierto, con la traicionera pelota que se jugó, su apuesta a sacarla lejos con los puños. También sacó muy bien desde abajo. No tuvo una actuación fenomenal, pero dejó instalada muy nítida la sensación de que Argentina tiene arquero para el futuro.


Clemente Rodríguez jugó poco, pero lo hizo tan bien contra Grecia que quedaron ganas de volver a verlo, en un plantel en el que era el único lateral con recorrido de área a área. El día en que fue titular –contra un equipo modesto, es cierto– superó los objetivos: nunca le crearon problemas por su sector defensiva y aportó mucho y bien en la ofensiva.


Martín Palermo llegó al Mundial como parte de una leyenda más que de su realidad como futbolista. Y vaya si cumplió: jugó 10 minutos e hizo el gol que –por ejemplo– no encontraron ni Milito ni Agüero con más tiempo en cancha. Es un iluminado, desde ya.


Mario Boaltti jugó bien el partido que le tocó, contra Grecia, y también cumplió en el breve ingreso restante. De todos modos la resistencia de los rivales iniciales fue tan escasa que no sirve para medir si es un volante que realmente esté en condiciones de jugar un Mundial. Para ello, la buena imagen de su paso por Huracán debiera complementarse con otros aspectos: la dinámica, la marca, el despliegue. Jugó poco, pero correctamente.


Walter Samuel es un jugador de una categoría tremenda. Se notó mientras estuvo en cancha. Claro, fue sólo un partido entero y poco más de otro, encima contra rivales de escasa exigencia. Pero él hizo lo suyo muy bien, no sólo demostrando seguridad en defensa sino aportando mucho en ofensiva, aunque sin puntería. Contra Nigeria tuvo un error: se le escapó una pelota por debajo de la suela y casi termina en gol en contra. Pero no opaca las garantías que siempre da. Su salida del equipo es también un poco misteriosa.


Gabriel Heinze es otro que tuvo un correcto Mundial. Preferido para los palazos y críticas, no puede decirse que haya tenido una revancha, pero su desempeño fue aceptable. Y de mayor a menor, como en muchos casos: tuvo su día de gloria contra Nigeria, cuando marcó el gol. Después no tuvo grandes inconvenientes, aunque tampoco rivales que atacaran demasiado por ese lado: la tentación, ya sabemos, estuvo por nuestra derecha. Si bien cumplió de acuerdo a las expectativas que de él había no puede ignorarse que no es un lateral que pueda jugar en un equipo con grandes aspiraciones: tiene serios problemas técnicos para el nivel del que se trata.


Maxi Rodríguez tuvo que bailar con la más fea. Quedó a mitad de camino: no cumplió, ni puede decirse que haya sido una desilusión. No lo ayudó la posición que le tocó, pensando más en el aspecto defensivo –que tampoco es su fuerte– que en llegar al área. El último partido lo terminó prácticamente de 4, y tuvo serios problemas. A simple vista, de él podía esperarse algo bastante mejor: pateó poco al arco y no se lo vio tampoco asistiendo demasiado.


Ángel Di María prometía. Y en eso quedó: promesas. Es probable que el esquema lo haya perjudicado, porque no le dejó la banda como a él le gusta, ni le quedaron demasiados espacios para sus diagonales ante la presencia de 3 delanteros, pero se lo notó tibio, poco convencido, equivocándose con la pelota. Tuvo momentos prometedores: en el sgeundo tiempo contra Alemania estuvo cerca del gol en un par de ocasiones, contra Nigeria aportó algunos momentos de buenas combinaciones. Pero en general, fue una desilusión. Como volante de una Selección de primer nivel (o casi) tendría que mejorar –y mucho– su oferta en el aspecto defensivo.


Lionel Messi no cumplió con las expectativas. Y era el que más expectativas había generado. Si hubiera sido otro jugador que no generara tantas esperanzas, se habría dicho que tuvo un Mundial de aceptable para bueno. Pero es Messi, Balón de Oro, y se aguardaba una prestación en consecuencia. De ningún modo fue un desastre, para nada fue un fracaso -palabra tan horrible- pero el sólo hecho de haber terminado los 5 partidos del Mundial sin convertir un solo gol empieza a hablar de su actuación concreta. Con dos aclaraciones necesarias: tuvo mala suerte en algunas, facilitó los goles de otros (Higuaín, Palermo y Tévez) y se topó con grandes atajadas, pero también jugó contra rivales muy menores. A excepción del partido con Nigeria, no marcó grandes diferencias individuales. Lo perjudicó, desde ya, la posición en que jugó la mayoría del tiempo: casi como un enganche, cuando en realidad sus mejores momentos los tiene cerca del área. Que quede claro, entonces: Messi es un delantero extraordinario, un goleador letal. También es verdad que aún en una posición inconveniente, no tenía porqué jugar como jugó. Podía jugar bien incluso en un sitio que no es el que mejor maneja. Lo mismo ocurrió con la pelota parada: fue extraño que le encargaran a él los córner y tiros libres, pero esa falla del cuerpo técnico no justifica que en casi todos le pegara tan mal. El afán por demostrar que se trataba de un sucesor de Maradona cegó a casi todos y puso en sus pies una responsabilidad para la que no tiene las condiciones necesarias (al menos en este momento). Técnicamente es un talento increíble, y lo demostró; físicamente tiene una velocidad inigualable en el mundo en este deporte; táctica y anímicamente, sigue muy en deuda con la Selección. Quizá este tipo de frustraciones lo ayuden. Hay tipos que a su edad, un par de golpes los templan y desde el ánimo fortalecido encuentran respuestas donde ni sabían que las había. Hay otros que después de esos golpes se deprimen hasta desaprovechar los talentos innatos que tienen. Ahora todos repiten que su Mundial es el próximo. Hace 4 años se dijo lo mismo. Más aún: hubo voces mayoritarias que le reprochaban a Peckerman no haberlo puesto más en 2006, como si hubiera estado destinado a ser el salvador. Más allá del error conceptual del cuerpo técnico, que lo colocó en una posición inconveniente, la actuación invidual de Messi debería dejar como enseñanza que no hay que armar el equipo para un jugador –como si fuera Maradona– sino aprovechar sus condiciones como al colectivo le convenga.


Javier Pastore estuvo ahí. Y punto. Su actuación estuvo exagerada por algunos sectores y periodistas, pero es cierto que cumplió y se juntó de manera prometedora con Messi y Agüero, por ejemplo. Igual, que quede claro: jugó apenas 36 minutos en todo el Mundial, unos cuantos de ellos contra Alemania con el partido ya definido y cuando no había nada por hacer. Lo mejor lo hizo contra Grecia: ese día ingresó con el partido 0-0 y aportó dinámica, buen manejo de la pelota y triangulación.


Sergio Agüero asomó como para romperla y después se diluyó y no tuvo suerte. El día que entró contra Corea del Sur lo hizo de manera maravillosa: fue un chispazo para el equipo y puede decirse que su talento, su criterio y su decisión hicieron el gran aporte para definir un partido que hasta cierto punto se había complicado. Contra Grecia tuvo un buen primer tiempo, con alguna jugada individual, pero después se fue quedando. Ni sentido tiene evaluar su prestación contra Alemania: ingresó con el partido 0-3.


Jonás Gutiérrez quedó expuesto contra Nigeria, cuando le tocó ubicarse como lateral derecho y dio pena. Es otro error compartido: el cuerpo técnico no eligió un especialista en la materia, pero además el jugador cometió errores conceptuales, técnicos y de todo tipo. Recibió dos amarillas y se hizo suspender (imaginemos si en vez de Nigeria y Corea los rivales hubieran sido Francia y Uruguay). No estuvo a la altura de las circunstancias. Aquella frase de por sí cómica –“la Selección es Jonás y diez más”– hoy es directamente una burla.


Diego Milito desaprovechó todo lo podría haber aprovechado. Fue tal vez el gran goleador del año en el fútbol europeo, el tipo que definió la Champions, pero cuando estuvo en cancha en este Mundial –y como ya le ha pasado otras veces en la Selección– no fue oportuno, no se sumó al circuito de juego, ni siquiera arrimó peligro. Un Mundial para el olvido.


Nicolás Otamendi quedó marcado por su actuación contra Alemania, que fue desastrosa y comenzó a definir el partido en contra, con varios y acumulados errores. Estaba para el cambio ni bien fue amonestado. Otro que no estuvo a la altura del compromiso, y que dejó al desnudo su inexperiencia. También le cabe responsabilidad al cuerpo técnico, como en otros casos. Contra Méjico, en el partido anterior, había rendido bien: era un rival muy inferior a Alemania y eso le permitió tener pocos problemas en la marca y hasta proyectarse con criterio. Pero fue un espejismo.


Martín Demichelis tendrá serios problemas para seguir jugando en la Selección, a partir de un Mundial en el que cometió un error grosero –por lo menos– en cada partido. Quedó marcado con el yerro ante Corea del Sur, pero antes contra Nigeria ya había fallado mucho y desguarneció la zona que marcó Jonás. Contra Grecia, el día que hizo un gol, un solitario delantero le complicó la vida. Nunca dio seguridad. Sus mejores momentos fueron en los primeros minutos del segundo tiempo contra Alemania, cuando empujó el equipo hacia delante, pero terminó cometiendo más y peores errores. Contra Méjico había hecho un par de buenos cruces, pero fue responsable directo en el gol de Hernández (más allá de la virtud del delantero). No parece haber futuro para Demichelis, porque juega en un puesto en el que hay recambio, y que además es bastante cruel a la hora de pasar facturas.

lunes, 5 de julio de 2010

El ciclo de la táctica emocional

Qué fácil hablar después...
El diario del lunes, dirían futbolistas -o ex- expertos en declarar.
Pero el partido con Alemania sigue dando vueltas. Ahora todos hubieran sacado a Otamendi, todos hubieran puesto a Verón, todos hubieran hecho una mejor apuesta al equilibrio.
Y -desde ya- Maradona no sabe nada, nunca supo nada. “No tiene táctica”.
Maradona tuvo una táctica, en realidad, y no le salió.
Jugó todas sus fichas a un esquema nacido como de la emoción, y que ya había tambaleado ante los primeros y débiles embates de los primeros y débiles rivales.
Pero insistió. Se negó a ver lo que estaba pasando. O no lo vio, qué se yo... Pero no es que se jugó a que saliera cualquier cosa. Se jugó a que saliera la cosa que él buscó, la que creía que podía salir: la táctica de la no táctica.
Estuvo a punto de que le saliera, pero aún cuando le hubiera salido bien, está claro: un técnico para ser bueno -como un jugador- tiene que tener un poco de todo. Ni el racionalismo extremo ni la emotividad como único recurso son buenos consejeros.
Diego, de alguna manera, cumplió con las expectativas que de él podían tenerse: ¿quién iba a esperar que fuera un particular estudioso de los rivales, o que sacara ases tácticos de la manga?
Hizo lo que sabíamos que iba a hacer, lo que podíamos esperar que hiciera, y quizá un poco más: el equipo estuvo físicamente a la altura de casi todos, trabajó bien algunas pelotas paradas (sobre todo con Verón en la cancha), evitó los escandaletes, estuvo lúcido en el trato con la prensa, acertó en la mayoría de los cambios dentro de un mismo partido (no acertó tanto entre partido y partido), contagió calma y buen humor, quizá fue otro acierto elegir más descanso que trabajo o amistosos, propició una vida más o menos normal de los jugadores en lugar de esas concentraciones carcelarias...
Pero la pifió en casi todo lo esencial: apostó a su intención de armar un buen grupo aunque hubiera que dejar afuera algunos buenos jugadores pero esas ausencias se sintieron y los partidos no se definen según como se lleve cada cual con cada quién; apostó a que lo salvara el desequilibrio individual, cuyo paradigma fue Messi -le dio todos los gustos, desde los compañeros hasta la cinta de capitán- y se encontró con una versión desmejorada; apostó al golpe por golpe y lo cagó a trompadas un equipo que tuvo la misma ambición ofensiva, pero complementada por la solidaridad y la inteligencia para defenderse.
Fue todo raro, sí. Y no hay porqué estar de acuerdo. Yo mismo digo -diario del lunes- que

domingo, 4 de julio de 2010

Todos para uno (y uno para todos)

“La nueva tendencia indica que el fútbol va hacia lo colectivo”.
Nadie podría creer que esa fue una frase tan luego del propio Diego, después de la derrota. Sobre todo cuando su planteo resultó exactamente el contrario: una apuesta cabal y absoluta a las individualidades.

Ya estuvo escrito: el modo de conducción de Maradona -para bien y para mal- fue su no conducción. Y en ese camino depositó sus expectativas -demasiadas- en Lionel Messi, creyendo de veras que podía ser su sucesor.
Fue ése, tal vez, el más grande error de su mini-proceso (no se puede considerar que el proceso fue completo, tomando en cuenta el momento y el estado en que tomó la dirección técnica del equipo): el rol que le dio al nuevo 10, la importancia que le otorgó en el grupo y en el conjunto.
Pero la lectura es un acierto: el fútbol va hacia lo colectivo. Si es que alguna vez fue hacia otro lado.
Un posteo de hace un rato trata de decir eso: las grandes individualidades (Messi, Robinhio, Rooney, Ronaldo) se quedaron afuera. Y siguieron hasta el final las individualidades que se acoplaron a una idea colectiva. De eso se trata el fútbol, después de todo.
Alemania dio una lección de fútbol el sábado, y eso no implica que no haya estado a punto de un quiebre: Argentina estuvo a centímetros del empate, y de empezar otra historia. Pero eso no pasó. También pudo

Esponja

Si Argentina es el país esponja que describió León Gieco, la gran esponja nacional y popular es el Diego: es el que se chupa todo lo que pasó.
Es increíble que por el cuarto de hora que tuvo el Diego en la Gloria, el destino -o no se qué mierda, o quién mierda- le pase tantas facturas, que quede expuesto, que sea incluso víctima de las guerras que no son sus guerras.
Personaje emocional y emocionante, jugó esta vez a lo que siempre: su todo o nada histórico.
Y después del sueño, claro, el dolor.
Ahora Maradona vuelve a ser la esponja, el negro de mierda que hace todo mal, el falopero que no sabe nada, el trofeo que le voltean incluso al kirchnerismo, el héroe trágico de las piernas cortadas. El peor de todos, el más feo, sucio y malo.
Nuestro sueño, el mío, el de muchos, era mucho más grande que la ilusión de que Argentina llegara a esa final negada.
Nuestro sueño, el mío, era mucho más grande que un resultado: que el Diego encontrara una revancha para sus peores días, una venganza de la Italia del Norte, de Codesal, de la efedrina y la cocaína.
Nunca creí, nunca creímos, que el Diego fuera el gran estratega, ni que hiciera planteos tácticos brillantes, ni que fuera capaz de armar un proyecto de juego serio, ni que tuviera una idea novedosa como para convencer a sus muchachos.
El Diego esponja eligió un equipo emocional y emocionado como él, y lo mandó a la cancha, equivocándose mucho y mal.
Pero al Diego lo quiero, lo llevo dentro del corazón...
Al Diego se lo quiere como a un hermano, como a un padre, como a esos amigos que se mandan cagadas todo el tiempo: no los juzgamos, los abrazamos.
Así lo queremos al Diego, esponja, negro de mierda, falopero, feo, sucio y malo. Y nos gustaría que padezcan nuestras espaldas, y no en las de él, esos palazos que recibe ahora, esos latigazos impiadosos, buitres, argentinos, resentidos.
Me gustaría, en esta hora, ser esponja de la gran esponja nacional y popular.

sábado, 3 de julio de 2010

La caída

Cae el sol, que es lo único que a este día le quedaba por caer.
No tengo ganas de nada y escribo apurado, una mezcla de catarsis y remedio.
En la tele las berretadas están a la orden del día y los buitres hacen de la derrota su victoria más preciada. La encuesta de Clarín en la que esta mañana casi el 70% de los votantes decía que Diego debía quedarse como DT de la Selección (encuesta inoportuna para el momento en que fue lanzada) ahora se dio vuelta, como corresponde a la raza argenta de lectores que votan en las encuestas de Clarín: siempre se dan vuelta.
Estoy triste. Estamos tristes.
Son las reglas del juego, sí, ya sé, el que juega pierde, el que ama se desengaña, el que se compromete padece. Pero estamos tristes. Y eso que nos habíamos levantado tan radiantes y confiados...
Ahora vuelan por Internet les merecidas bromas extranjeras, tenemos la misma pena que los brasileños, sentimos -como el Diego- que Alí nos bajó de un trompadón. Y queremos -como Mascherano- retirarnos del fútbol. “Si pudiera, me retiraría del fútbol”, dice Mascherano. Lo mismo que nosotros. Él tiene un contrato con el Liverpool. Y nosotros tenemos un contrato con los sueños.
Cuando pase este nuevo derrumbe, vendrá otro sueño, seguro.
Pero todos queríamos que fuera ahora, esta vez. Yo, por lo menos. Ahora que estaba El Diego, ahora que parecía que había materia prima para llegar a eso que, aunque a veces parezca fácil, es demasiado difícil: ser campeones.
En medio del fárrago de estupideces y golpes bajos, leo la crónica de Gustavo Arballo, en boca de Maqueda: tengo ganas de suscribirla de pé a pá.
El partidazo, las sensaciones, el orgullo, la referencia a los dolores brasileros y el cabulerismo generalizado, empezando por esa gilada de poner pantallas gigantes en los lugares públicos donde antes no las había...
Dejo la discusión sobre el mediocampismo para mejor momento. Pero le doy la razón a Arballo en algo: Diego, finalmente, apostó al fin del mediocampismo y puso mucho especialista en defender y mucho especialista en atacar.
Arballo cree que Alemania hizo lo mismo. Yo dudo. Bah, no dudo, estoy seguro: Alemania hizo exactamente lo contrario. Puso en la cancha especialistas en defender y en atacar. Todo a la vez, al mismo tiempo, por el mismo precio.
Es una buena receta ésa, de todos modos, tenga el nombre que tenga: equipos ultraofensivos, también para nosotros. Pero para eso hay que tener jugadores. Con once Tévez sí se puede. O -ponele- con 8 Tévez y 3 Mascheranos. Mientras tanto, no...
Los alemanes atacan y defienden con pasión y eficiencia. Van y vienen, muerden, raspan, vuelan, marcan, recuperan, juegan y llegan.
Los nuestros son un poco menos flexibles, por usar la palabra que dio origen a la discusión. Diego intentó el mismo espíritu ofensivo, un anti-mediocampismo en serio: a excepción de Tévez, no puso entre los titulares a un solo jugador que pudiera hacer un poco de todo.
¿Te imaginás a Mascherano entrando en el área como lo hizo el alemán del apellido difícil que nos provocó antes del partido? ¿A Messi peleándoles la pelota a los rivales como hace Podolski? ¿A Di María volviendo a posiciones defensivas en el acto, como hace Müller? ¿A Heinze llegando con tanta claridad al área de enfrente como Lahm?
No. Argentina puso especialistas: unos en defender (defendieron mal, para colmo) y otros en atacar (atacaron mal, para colmo). Fue un rotundo triunfo del mediocampismo. Y es una pena.
Una pavada más, pero a lo mejor no tan pavada: la cantidad de kilómetros recorridos por los jugadores alemanes durante el partido supera enormemente a la que hicieron los jugadores argentinos. Correr más no es un mérito en sí mismo, pero si el que corre más encima corre bien, te mata. 
Igual, hay una punta de algo que viene, sí: sin mediocampo o con todos mediocampistas, el tema es atacar. Me ilusiono: en un futuro no muy lejano, no podrá integrar la Selección ningún jugador que no tenga condiciones para atacar (es un modo de salirme del tema, de gambetear la tristeza...).
Pero así salen partidos como el de hoy: hermosos (sí, pero...). Tuvimos el empate a tiro en un momento, el corazón se nos salía del pecho, nos levantamos del sillón gritando que era ahí, que Argentina que Argentina, que venía el empate, que venía... pero vino el 2-0 y se cayó la estantería.
Ahora hablarán Toti Pasman y sus imitadores baratos (o demasiado caros). Y el fútbol seguirá andando. Y la vida, claro...
“Maradona o muerte”, me manda alguien un mensajito.
Me queda cinismo para responderle: “Maradona y muerte”.
Nunca es para tanto, claro. Pero... mirá qué lindo hubiera estado este sábado si no pasaba lo que no debió haber pasado, ¿no?
Ahora hay que esperar hasta 2014, y en el medio prometeremos mil renuncias y renunciaremos a renunciar y volveremos a soñar, hallaremos las excusas necesarias para otra ilusión y compartiremos más y mejores sueños colectivos.
Aunque -como pasó hace un rato, como pasa todos los días- caiga el sol que mañana volverá a salir.

En semifinales, los equipos

Ahora, que la tenemos adentro, mejor no hablar de ciertas cosas.
Pero sí un detallecito mundialista, un poco a las apuradas: quedaron en semifinales Alemania, España, Holanda y Uruguay.
Ni Cristiano Ronaldo, ni Rooney, ni Messi, ni Robinhio.
No es que Holanda no aproveche sus individualidades como Robben y Kuyt; no es que Uruguay no le haya sacado el jugo a Forlán y Suárez; no es que España no esté gustoso del gran momento de Villa, ni que el avance de Alemania no tenga nada que ver con las prestaciones de Müller y Klose.
Desde ya que esas individualidades han hecho sus aportes. Pero también es verdad que los cuatro que tienen chances de ser campeón enfrentaron el Mundial con una idea clara de juego. Son ideas distintas: cada cual de acuerdo a sus limitaciones y características. Unos lucen más y otros menos. Pero en los 4 casos hay una coincidencia: el equipo está por encima de cualquier individualidad.

La tristeza no es sólo brasilera

Se terminó el sueño, otra vez. A puro gol en contra. Con el asunto del golpe a golpe nos salió el tiro por la culata: fueron todos piñones en el mentón nuestro y no metimos ni una mano a tiempo.
Ya habrá tiempo -y otras ganas- de hablar del juego, de lo que pasó, de lo que significa.
Ganó Alemania, que es un equipazo. Literalmente: un equipazo, no un montón de individualidades.
Cuando un sueño se derrumba duele, desde ya. Pero más impotencia, la verdad, generan los buitres que van a aparecer ahora...
Paciencia, entonces. Paciencia y sabiduría.

viernes, 2 de julio de 2010

Es lo que hay: Uruguay

El fútbol es un negocio.
El fútbol es una mafia.
El fútbol es un circo.
El fútbol es el opio de los pueblos.
El fútbol es la continuación de la política por otros medios.
(Y todo lo que quieras...).
Pero el fútbol es un juego fantástico.
El pasaje de Uruguay a las semifinales del Mundial se dio de un modo impensado, sobre todo para un partido protagonizado por dos equipos claramente inferiores a los otros que aún quedan con vida en la competencia.
El fútbol nunca es lo que parece, y eso es lo que lo hace tan hermoso.
Cuando se iba el primer tiempo, el 0 a 0 estaba cantado. Pero nada es lo que parece: Ghana se encontró con una victoria parcial impensada con un tiro desde lejos de Muntari. Cualquier hubiera dicho que ese golpe sicológico, sumado a la lesión del líder Lugano, podía voltear a Uruguay.
Pero... ¿hace falta volver a decirlo?
En el complemento lo empató Forlán, en un tiro libre en el que falló Kingson, el que había sido tal vez el mejor arquero del Mundial.
Después todo fue monótono. Poco y nada. Parecía -en el fútbol siempre parece, pero no es- que iban a pactar tácitamente la igualdad en el alargue. Y en el segundo final, a la salida de una falta tonta cometida por la defensa uruguaya, un tiro libre cambió el rumbo de la historia.
Hubo una serie de rebotes afortunados, la Jabulani se enloqueció, el arquero Muslera salió a no se sabe dónde, Luis Suárez la sacó una vez en la línea cuando estaba el 2-1 de Ghana y cuando la pelota se metía otra vez el mismo Luis Suárez -delantero estrella del equipo uruguayo- se mandó una atajada (o más bien un bloqueo voleibolístico) que le valió la roja. Fue penal para los africanos, exactamente en el ultimísimo segundo del alargue.
Parecía que Ghana ganaba. Pero nunca es lo que parece.
Asamoah Gyan, que en este mismo Mundial ya había demostrado su eficiencia en los penales... lo tiró mal. La pelota besó el travesaño y se fue.
Y entonces todo cambió, porque nunca es lo que parece: la jugada que tanto parecía beneficiar a Ghana, la que dejaba el partido en sus manos -a partir de las manos de Suárez- se le volvió en contra. La impotencia pegó duro sobre los africanos y las manos de Suárez fueron, para los orientales, las de Dios.
Llegaron los penales.
¿Y quién pateó el primero de Ghana? Asamoah Gyan. Con la mochila de su fallo anterior, deprimido por la gloria que no fue, todo indicaba que podía regalar su penal. Pero nada es lo que parece: hizo un golazo y la serie siguió su curso.
Las manos de Muslera, al final, fueron para Uruguay otras manos de Dios: atajó un par, disimuló el que falló su equipo y permitió que el Loco Abreu definiera el pleito muy a su manera. Cuando se paró frente a la pelota, empezaron las apuestas: la pica, sí, la pica... parece que la va a picar, pero como nada es lo que parece... seguro que no la pica. Parece que no la pica... Y la picó el Loco, nomás, que por algo así le dicen.
Uruguay ya está en semifinales, gracias a su coraje, su pelea en el medio, los chispazos de Forlán y de Suárez. Después, luce como un equipo batallador pero cansado, quizá capaz para rebuscárselas en la pelea, pero con escaso talento y creatividad si se trata de ir a buscarlo, y sobre todo contra rivales más fornidos.
A simple vista, Uruguay es lo que hay: es menos que Holanda, que España, que Brasil, que Alemania, que Argentina... Encima ahora no tiene a Suárez, su niña bonita; y hasta puede quedarse sin el lesionado Lugano, caudillo, capitán y empeñoso zaguero central.
La Celeste, decididamente, parece mucho menos que los otros. Pero cuidado: en el fútbol -ese juego fantástico- nada es lo que parece.
Foto: Perfil