domingo, 18 de julio de 2010

Elogio de la simpleza

Un apuntecito que quedó colgado por ahí, escrito en julio de 2007...

Tuve un pensamiento mezquino y miserable cuando Fontarrosa murió. Tengo la sospecha de que él lo hubiera perdonado. Pensé –y lo dije– que era una lástima que el domingo anterior Brasil hubiera goleado a Argentina: al Negro le hubiera gustado mucho que la Selección –esa Selección, además– completara esa Copa América pasando por encima a los brasileros.


Después supe que el martes antes de su muerte envió un mail a sus amigos: “camaradas, juntémonos en casa a hablar mal de Dunga”, les propuso.


Fontanarrosa ha dicho una cosa genial. Una de las tantas frases que parecen acerca de las profundidades de la vida pero que –sabemos los futboleros– no son más que verdades sobre el más maravilloso juego: “La simpleza es un punto de llegada, no de partida”.


En todo, pero más que nada en el fútbol, la sencillez vale oro. Será simple sólo aquel que haya aprendido lo suficiente.

 
Por eso Fontanarrosa y Soriano jugaban tan bien, como Bochini o Riquelme. Ahora no tenemos a ninguno de los dos. Los futboleros quedamos huérfanos. Porque no hay ninguno que se les parezca.

 
Ni Alejandro Dolina podrá ayudarnos, con su mirada futbolera, sí, pero como llegada desde otro lado.

 
No habrá ninguno igual, no habrá ninguno. Los futboleros estamos solos.


¿Qué estará pasando que no parecen venir otros Sorianos, otros Fontanarrosas? ¿Será lo mismo, acaso, que nos pasa con la ausencia de Maradonas?


Nos falta el Diego y sólo contamos derrotas en el fútbol. Las damos vuelta, tratamos de aliviarlas, las analizamos. Pero perdemos...

 
Ahora –como siempre pasa– parece que una generación puede dar vuelta las cosas. Sería un dolor que cuando llegue el próximo Mundial, en las incomodidades de Sudáfrica, quede patentizado que Messi, Tévez, Agüero, Mascherano y compañía no son lo que creemos que son.

 
Pero ahora hay otro posible dolor, ambiguo y más grande. Sería terrible que esos locos bajitos salgan campeones del Mundo y nos demos cuenta, en ese mismo instante, que ya no tememos Sorianos ni Fontanarrosas para que nos lo cuenten.

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