domingo, 11 de abril de 2010

El Mundial como hecho pedagógico

El simple acto de ver fútbol es un hecho pedagógico, pero mucho más si junto a esa mirada participan otras varias. Y mucho más si además de cooperativizar ese momento, el fútbol, el partido, la Selección, la Argentina y el Mundial sirven como disparador de otros debates y aprendizajes. 
Parece increíble que a esta altura estemos discutiendo si vale la pena o no mirar los partidos del Mundial en una escuela. Tendría que ser un debate ya saldado. Y sin embargo uno tiene que toparse con argumentos perimidos y explicaciones dinosáuricas.
Ni siquiera después de la imposición del “fútbol para todos” –con todo lo que se difundieron los argumentos positivos de compartir un hecho cultural de ese tipo– los funcionarios que debieran aparecen convencidos.
Mientras el Ministerio de Educación nacional anunció que los chicos podrían disfrutar de los partidos de Argentina en sus colegios, hay otros que dudan,
reniegan y postulan excusas inconcebibles. El que apareció en las últimas horas fue el ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires, Mario Oporto.
Uno no puede creer que tenga semejante cargo alguien capaz de interpretar que el hecho de ver un partido de la Selección nacional en un Mundial no es “un hecho pedagógico”. Debieran mandarlo al rincón al señor funcionario. Debieran ponerle orejas de burro.
“No creo que como consecuencia de un partido vayamos a generar un hecho pedagógico y los chicos vayan a aprender. Lo más sensato es que en la escuela no se vea el partido y entendemos que muchos chicos no van a concurrir en el horario del partido”, dijo.
O sea: una contradicción total. Oporto les niega la chance de ver los partidos en la escuela, pero al mismo tiempo abre el paraguas y admite que no puede luchar contra una realidad: si no les permiten seguir a la Selección en el colegio, los pibes –además con rotundo aval familiar– se van a quedar en sus casas.
¿En qué quedamos, entonces?
El gran error es suponer que no hay en ese acto un hecho pedagógico. Negar los valores que se ponen en juego en un suceso así debiera ser motivo de despido para un funcionario que pretende “educar”. Porque no se trata sólo de “ver” el partido, sino de sentirlo de manera compartida.
Negar las posibilidades de “hecho pedagógico” que tiene un partido del Mundial es de una necedad enorme, o en todo caso una demostración de vagancia extrema, de que no quieren ponerse a pensar mínimamente cómo sacarle el jugo a un fenómeno popular incomparable.
¿Cómo no sacar provecho a un Mundial de fútbol para contar la influencia que ese tipo de fiestas deportivas -que también son negocios y que son hechos políticos y culturales- tuvieron y significaron en la historia de distintos países? ¿Cómo no utilizar la historia de los mundiales de fútbol como disparador para hablar del nazismo, el fascismo y la dictadura argentina? ¿Cómo no usar el Mundial de Sudáfrica para reflexionar sobre el apartheid, ilustrar sobre las implicancias de Nelson Mandela, o hurgar en las razones de la pobreza de las naciones del continente negro?
El ministro Oporto seguramente nunca compartió pasiones. Sólo desde ese lugar se pueden negar las dimensiones educadoras de un hecho así. Con el fútbol, desde el fútbol, en el fútbol, gracias al fútbol, se pueden enseñar la solidaridad o el egoísmo, la valentía o la cobardía, la ley del menor esfuerzo o los buenos resultados de la voluntad; e incluso todas esas palabras que tanto repiten en las escuelas: el asunto del respeto, la convivencia, la autoridad, el reglamento.
Con todas esas cosas nos rompían las pelotas en el primario de la dictadura y en el secundario de la democracia. Y cuánto más digeribles hubieran sido si nos las mezclaban con el fútbol, si nos dejaban ver el partido aunque fuera en aquellos pequeños televisores y sin tantas cámaras. La de discusiones que se hubieran armado, ricas y entusiasmadas, sobre estilos, virtudes y defectos. Porque incluso a discutir se aprende: debatiendo de fútbol, intercambiando ideas, se cultivan el arte de la argumentación y la tolerancia.
La escuela también podría aprovechar el asunto para hacer lo que, en aquella época, tuvo que hacer mi viejo por las suyas, por ejemplo: desde aquel Mundial ’82 me conozco de memoria –nunca más las olvidé– las banderitas de Argelia, Kuwait o Checoslovaquia, que posiblemente no hubiera aprendido de ningún otro modo.
Supe de monedas y superficies, de cantidad de habitantes y de ríos. Conocí, gracias a los entusiasmos provocados por el Mundial de fútbol, sobre razas, etnias y lenguajes. Supe –superficialmente, claro, pero mucho más en profundidad que lo que me permitían las tradiciones de las instituciones escolares– de historias y culturas. Todo, simplemente, por una planillita con el nombre de los 24 países participantes y la amigable orden de buscar en enciclopedias y diccionarios –Internet me lo hubiera hecho mucho más fácil– información central sobre algunos aspectos.
Nada de todo eso lo entiende un tipo que ahora, casi 30 años después, es ministro de Educación de la provincia más grande del país.
Algo parecido a lo que planteó el bonaerense Oporto postuló, desde una ignorancia similar, Gustavo Iaies, presidente de la Fundación Centro de Estudios en Políticas Públicas: “Los chicos dejarán de trabajar durante esas horas en los contenidos que deben aprender. Cuando miren el Mundial, prestarán atención al juego, a los resultados, a las hinchadas. Como cualquier persona, deberán recuperar el tiempo que iban a dedicar para cumplir con sus obligaciones”.
Terrible.
¿Quién determina “los contenidos que deben aprender”? ¿Los “contenidos que deben aprender” salen de un repollo, están establecidos por la Madre Naturaleza, o los definen los hombres de acuerdo a sus intereses, necesidades, momentos y circunstancias? 
¿Quién establece que los “contenidos que se deben aprender” entre junio y julio de este año son aspectos de las monocotiledóneas y no características culturales de los países que juegan el Mundial? ¿Quién establece que es más importante aprender sobre semillas lisas y rugosas que comprender la Ley del Orsai? ¿Por qué razón “debemos aprender” esas ecuaciones maratónicas que amontonan paréntesis, corchetes y números negativos y suponemos que es una mera diversión ociosa saberse de principio a fin una formación o entender los aspectos centrales de un juego fantástico, colectivo y popular?
“Recuperar el tiempo para cumplir con sus obligaciones”, dice el muchacho de la Fundación. ¿Y quién establece, cómo, en qué momento, qué es una “obligación” y qué no? ¿Qué tal si se estableciera que la “obligación” es ver un partido de la Selección? ¿Qué se necesita para considerar que una cosa es una “obligación”: una resolución, un decreto, una ley? 
¿Por qué no entender que justamente lo que el muchacho de la fundación plantea en forma despectiva –“prestar atención al juego, a los resultados, a las hinchadas”- es una forma de aprender? En principio, prestar atención es también un aprendizaje. Y aprender quiere decir educarse, ilustrarse, experimentar. Eso es exactamente lo que se hace frente a un partido de fútbol de un Mundial: uno se deja llevar por el entusiasmo para investigar, para curiosear, para hurgar en otros aspectos de esos países y de la raza humana. Además, claro, de la maravillosa experiencia de sentirse parte, sentirse porción de un colectivo que nos excede, compartir pensamientos y sentimientos, objetivos y estados de ánimo.
Si a los pibes les hacen ver los partidos de la Selección en el Mundial, los que vayan a amar la medicina hablarán de las pulsaciones por minuto de cada jugador; y los que vayan a amar la sociología intentarán comprender las reacciones del público masificado; los que vayan a amar la matemática harán cuentas sobre goles a favor y en contra; y los que sueñen con ser ingenieros agrónomos ahondarán en qué especies de césped tienen las canchas sudafricanas; los que vayan a amar la docencia explicarán a sus compañeros algunas complejas reglas del juego; y los que vayan a amar la literatura harán del partido una fábula cargada de metáforas. Saldrá, de alguno de ellos, también, un jugador de fútbol.
Y de todo eso, de esa mezcla, de la discusión de todos esos saberes, de la puesta en común de esos conocimientos, también se hace un país.
Así que si ganan estos dinosaurios que no quieren “la pelotita en el colegio”, que los pibes y las familias no lo duden: quédense en la casa a ver el partido, aprendan afuera del pupitre, si pueden invítense entre compañeros y vean los partidos todos juntos, que además de ser un modo de educarse es una manera de darse afecto.
Compartan alegrías y dolores, entiendan, duden, pregunten, conozcan, piensen, discutan, abrácense. Que eso es el fútbol, aunque haya unos cuantos “maestros” que no entienden nada. Y no saben lo que se pierden.

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